sábado, 22 de febrero de 2014

Soy un caracol.

Hay muchas formas de clasificar a las personas de nuestro entorno. Las que atienden al aspecto, me parecen etiquetas; las que hablan del interior no dejan de ser opiniones. Para mí la única válida es la clasificación en base a momentos.
Los momentos son reales, pueden percibirse de distinta forma, pero se sienten. Y pensando en eso de sentir, he caído en la cuenta de que sólo me he cruzado con dos tipos de personas: las personas-albergue y las personas-casa.

Entre las personas-albergue, lo primero que encuentro es una amplia variedad. Tengo cinéfilos, escritores frustados, bailarinas, borrachos por vocación, cantautores de ducha, cuentacuentos y sabelotodos.
Aprendo de todos ellos, aunque a veces sea inconscientemente, y unas pocas contra mi voluntad.
No cabe el aburrimiento, y juntos derrochamos ganas de vivir. Joder, lo paso genial con las personas-albergue. Comodidades las justas, pero no nos importa. Quién no ha dormido en un sofá la mejor noche de su vida.
Además, son fáciles de mantener: todas las interacciones son físicas, distancias cortas. Siempre con piel de por medio, eso sí.
¿La clave para no estropearlo? No pasar demasiado tiempo con ellos. Caminos cruzados, pero no convergentes. De lo contrario, los cinéfilos acaban siendo sabelotodos; las bailarinas, borrachos; y los cantautores, cuentacuentos. Ah, y nada de domingos; los odian.

Personas-casa. Se reducen las diferencias, porque deben tener un punto en común: tú. En realidad son personas-hogar, porque te hacen encajar, te demuestran que ningún escenario es suficientemente raro o demente como para que tú no puedas hacerte hueco.
El aprendizaje puede ser algo más limitado, pero recíproco, incluso simultáneo. Se saben de memoria tu manual de instrucciones, y añaden anexos que desconocías o se habían traspapelado.
Por otro lado, un hogar es confortable por definición, hasta cuando te abraza con las manos frías. Las sonrisas duran menos pero son más ciertas, y el café sabe mejor con cariño que con azúcar.
A la vista está que no se nos da bien mantener el estado del bienestar, pero lo intentamos, al menos con nuestras personas-casa. En parte porque lo necesitan, y en parte porque nos gusta sentirnos necesitados. Altruismo egoísta, amor, llámalo como quieras, pero te quedas. El circo cambia de ciudad, se suceden las estaciones, pero sigues ahí, aunque no sigas: los reencuentros son atemporales y maravillosos.

En definitiva y para no seguir divagando: olvidas donde pasas una noche, pero no tu origen. Tu casa.
Somos caracoles enamorados de la carretera.