domingo, 29 de diciembre de 2013

38 puestas de sol con el chico de ayer.

Éramos como el Cadillac de Loquillo con final feliz, pagábamos la gasolina siempre en monedas y nuestros manjares estaban envasados al vacío. Me encantaba dibujar mariposas en el vaho, como si salieran de mi boca cada vez que se tropezaba con mi rodilla al cambiar de emisora. Supongo que era invierno, o quizás estábamos tan cachondos que los cristales se sonrojaban al vernos. No me malinterpretéis, que el tiempo ni paró ni aceleró sus embestidas, pero teníamos las manos demasiado ocupadas para mirar el reloj. Quizás por eso no recuerdo nada de esos días fuera de esas cinco puertas: si mataron al presidente o cayó un meteorito, os aseguro que no aparecerá en mis memorias.
                                             
Tampoco es que fuéramos únicos, mucho menos envidiados. Nunca batimos un récord Guinness ni estuvimos envueltos en un drama estilo Hollywood. La mayor parte del tiempo las pasábamos  recostados en los asientos, esperando a que no pasara nada, como si toda la complicidad del mundo hubiera ido a parar a esos cuatro metros cuadrados. Saltábamos de lo trivial a lo trascendental, abríamos las cervezas con mechero y el corazón con más cerveza. Me confesó que nunca había pasado más de tres noches con la misma chica, pero yo era "una soledad con nombre y apellido. Su prototipo de huida". Yo lo iba a definir como una salida de emergencia cuando las cosas se ponían feas y los pies demasiado fríos, pero me calló con un beso. Lo hacía a menudo, con aire despreocupado, pero sus manos eran un rebaño de hormigas cargado de ganas y miedo. No quería que ese tráfico descontrolado de sueños sinónimos tuviera punto y final. Yo tampoco, por eso tapé con una tirita de animales el cuentakilómetros. No podía soportar como nuestra ruta 69 se convertía en una cuenta atrás. Él también tenía sus trucos; nunca se despedía. Su última palabra podía ir desde "pizza" hasta "diatriba", pero nunca pasaba por adiós. Así, construimos en silencio nuestros planes de futuro: quedarnos a vivir en aquella conversación, nuestra propia versión del Never ending tour. 

Un martes casi trece, después de horas inventando palabras para explicar a qué huelen las nubes, nos quedamos en silencio antes de tocar el cielo. Pero no uno de esos silencios cómodos en los que fluyen ideas telépatas y se acompasa la respiración. Fue un silencio tangible, pesado sobre los hombros, de los que te hacen hablar del tiempo. La despedida es el primer paso hacia una recaída, así que me salté el protocolo. Cerré la puerta, conmigo fuera, y no volví a llamar (sobria). Él no volvió a responder (nunca).

Demasiado intenso como para no ser breve. Demasiado real como para ser más explícita: no quiero que los recuerdos distorsionen los momentos, soy más de sensaciones. Me quedo con el olor a cuero de su cazadora tres tallas grande, el coro de grillos del descampado y el calor de sus manos entrelazadas en mi pelo, como si ellos fueran los enamorados y yo un polizón en su luna de miel. Ojalá pudiera conservar también el roce de su barba entre mis piernas, y su manía de morderme la nariz cuando hablaba demasiado. 

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La historia debería acabar aquí, pero hoy me han contado que los domingos por la tarde se sienta solo al final de la barra y piensa en mi, y me han entrado unas ganas insoportables de correr hacia allí y colgarme de su cuello. Y jodernos la vida en cada intento. Y mucho sexo de reconciliación. El rollo de siempre.
Es la fuerza de voluntad la que nos hace libres, y la perdí en su golpe de suerte. 

¡Que alguien detenga este amor de verano en pleno diciembre!

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