domingo, 7 de abril de 2013

No hay sitio para las despedidas.

El cielo tropezó con el fondo.
De ahí las eternas recaídas.
El nunca reincidente,
las caras ocultas de la soledad vencida.

Y que no tachen de suicida este orgullo kamikaze,
que no me aten a convicciones sociales sin salida.
Si embarro con lágrimas nuestro camino de ida
es para jugar en los charcos
a ensuciarnos el alma de vicios,
a salpicar el sexo de risa.
Si no busqué atajos a las mentiras
es porque el olvido esperaba en cualquier esquina
mientras los sueños llegaban de frente,
despacito, en fila india.

Porque la felicidad constante
se parece más a la rutina
que al amor
y yo me encadené a una puta bomba de relojería.
Cada paso era un amago de explosión
y los momentos escapaban en estampida.

Entre tantas movidas
ya no recuerdo a que dedicaba
mis semáforos en rojo
cuando nuestros trayectos solo coincidían
En cruces mal señalizados cada doscientos kilómetros.

Ya no calzo más huidas.
Traigo pies desnudos, pero ardientes
para aprender de tus piedras
sin desgastar los caminos.
Para sangrar, si es preciso
con las grietas que aún te duelan.
Y si te cansas, yo te espero.
Si pido distancia, vete lejos
pero deja un rastro de ganas de más.

Por favor, no permitas que te pierda
que me acabo de encontrar.




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