sábado, 23 de marzo de 2013

Supongo que en esto consisten los domingos de los que tanto habláis.


Empiezo a creer que los dioses han olvidado 
pasar la hojita de mi calendario 
y sigo estancada en aquel domingo. 
Esa noche,
en la que recogieron las calles demasiado pronto
y tuve que gatear descalza por un camino sin asfaltar.
Muy lento,
retrasando mi encuentro con el vacío.
Es que hay hostias contra el cielo
que te dejan sin verticalidad 
y sin cancion que tararear de vuelta a casa. 
Por supuesto, 
nunca llega el aviso de derribo
a amortiguarte el golpe.
 
Lo que me jode de que me descuarticen el corazón
es que no lo alcanzo con mi propia lengua, 
y dependo de otras bocas para repararlo.
Y claro,
cada una lo ordena como puede,
lo moldea como sabe,
y a fuerza de intentar borrar los errores con saliva,
lo dejan todo perdido de incomprensión.  
Por eso,
he reventado labios egoístas que más que ayudar,
intentaban firmar con tinta china mis ventrículos,
arrebatándome los derechos de autor de estas ruinas. 
También he visto a besos empapados de buenas intenciones
desintegrarse al contacto con mis heridas marchitas,
que se resisten a ser cicatrices
de las que pueda avergonzarme orgullosa.  
 
Mientras tanto,
seguía sin darme cuenta 
de que hay sonrisas que saben besar. 
Saturaba ceniceros de esperas de alguien a quien esperar, 
y no me percataba de que tu manía de apagar bien mis colillas 
sólo eran la manera de decirme 
que te jugarías la vida por mí en una operación a corazón abierto. 
Que tú sí sabías que mis piezas no encajaban
en casitas con valla blanca y cortacésped, 
sino en el ático más alto de una ciudad sin leyes. 
Y que desde allí, saltarían al vacío nuestros proyectos, 
y vaciaríamos juntos botellas de champán mientras remontan el vuelo. 
Algunos días, ya lo sabes, nos tocaría componer réquiems
para esas ideas que perdieron sus alas en el intento.
 
Quizás estoy yendo demasiado rápido,
y no entiendes aún por qué brillan mis pupilas. 
A ver, no sé desde cuándo es lunes,
pero seguro que tiene que ver con alguno de tus abrazos, 
esos que dan rienda suelta a mi vida.
 
Qué tontería. 
Aún no te he besado
y ya estoy odiando nuestras despedidas.

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