lunes, 25 de marzo de 2013

Calle Melancolía s/n.

Cuando me miré en tus ojos vidriosos
sentí que podía pasarme la vida ahogada en ellos, y sobre esa agonía quise construir mis noches.
Aposté contra la luna el control de tus mareas al mejor de tres, para asegurarme de que este techo compartido era más que un cúmulo absurdo de casualidades inconexas. Luego vi que te quedabas a dormir, y fregabas mis platos sucios para sentir que empezábamos de cero.

Juro que por un momento te creí.

Pero luego caí en que la mierda que atascaba el sumidero eran astillas de mis huesos. Que habías dejado un impersonal olor a limón en mis recovecos, y un alma tan impoluta no era digna de este maldito cuerpo. Tomaste la justicia por tu mano, desmembrando mis problemas hasta solucionarlos, con lo bonitos que quedaban atrapados en las sábanas junto a nuestros calcetines.

Creo que ahí comenzaron las discusiones, los espejos rotos y las camas separadas. Los vis a vis en moteles de carretera, para escapar de la mirada compasiva de las grietas de la pared. Hasta entonces no vi las rejas en las ventanas, las cortinas opacas, el sombrío desastre proyectado en cada rincón de este anti-hogar nuestro.

Entendí que te mudaras, yo misma embalé tus decepciones, y no puedo negar que sentí algo de alivio. Aún así, lloré cuando observé el primer rayo de luz iluminando el vacío, sin atreverse a calentarlo. Quién coño intentaría idealizarme ahora, que había demostrado a todo el vecindario que no sé sentir sin cargas.

Lo peor de esto es que conservas las llaves, y que me resisto a cambiar la cerradura, y que no puedo evitar esperarte suplicando un nuevo intento.

Lo más jodido de odiarme, es que a ti sí te quiero. Y por eso me mantengo, sentada en el suelo, protegiendo el charco que dibujan al caer las goteras de nuestros recuerdos.

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